Sueños (I)

Capitulo 1: El Despertar

Lo vio delante de ella. Tenia el pelo moreno, largo hasta ir por debajo de los hombros, que sobresalía por la capa; sus ojos eran negros como el carbón y sus pupilas estaban rodeadas por aros plateados. Llevaba una camisa negra, unos pantalones del mismo color, y con una capa. Tenía la capucha puesta, pero aun así sus ojos se distinguían en la oscuridad. Ella maquinaba las expectativas de huir de allí, aunque sabia que no podría llegar muy lejos. Estudió el sitio donde se hallaba.

Era un ático grande, con las paredes, techo y suelo de madera. Había un gran ventanal a las espaldas de ella, por donde había entrado. Por dicha ventana atravesaba en esos momentos una brisa de bochorno, que mecía los pocos mechones que le quedaban libres. Tenía a su derecha una mesa con una silla, pulidas con la talla sencilla que tanto se veía en todo lo que la rodeaba. A su izquierda, una escalera, que ella evaluaba como única salida. Y así, reaccionando como si le hubieran dado una descarga eléctrica, se tiró escaleras abajo tan rápido como pudo. Pero como ella ya lo había supuesto, su enemigo era más rápido y ágil. La cogió del brazo y tiró hacia él. Vio ahí su fin. Un fin que no había visto tan cerca como ahora.

Pero no pasó nada.

Aquel desconocido la colocó con fuerza sobre la mesa, como si se tratase de un simple saco.

-No te muevas- dijo con voz seca y áspera, llena de furia.

Le iba a hacer algo, pensaba ella, algo muy malo. Estaba enfadado. Había sido un error, ella no debía haber caído ahí. Era culpa del Saltador de Tejados, él la había confundido hipnotizándola, y después de marearla la había dejado caer por la ventana. Ella no tenia culpa, solo quería encontrar a una niña fantasma que vio. Sabía que ella quería decirle algo, pero no sabia el que.

Se volvió hacia las escaleras, de donde subía un olor a cerveza y carne a la brasa. Oyó como unas sombras se tambaleaban por las escaleras y escuchaba pies subiendo. Ahora ya era su fin, seguro. Pero para asombro de ella, el desconocido se acercó y la besó. ¿Pero que hacia? ¿Por qué la besaba? Se preguntó ella en el instante en que pudo mover algún músculo, pero su cuerpo perdió la movilidad después de ese beso, sintió como si contuviera droga, y los ojos se le cerraron, pero podía escuchar. El desconocido se giró rápidamente hacia las escaleras, donde asomaron dos cabezas.

-Mi señor, ¿de donde habéis sacado a esa hembra?- preguntó uno con voz ruda.

-¡Me cayó del cielo!- dijo entre carcajadas falsas-Una cosa que quede clara, no la toquéis. Es una orden.

Esto último lo dijo con una voz tan cortante que sus vasallos asintieron y bajaron apresurados las escaleras. Se acercó de nuevo a ella tocándole la frente. Despertó instantáneamente y miró al desconocido. Este mirándole con indiferencia le dijo:

-Volverás.

Todo se volvió luz.

Un zumbido atronador sonaba en la mesilla de noche, el despertador marcaba las seis y media de la mañana. Dania extendió su mano hasta llegar al botón que lo hiciese dejar de sonar. Al fin se cayó, pensaba. Era la hora a la que se levantaba todas las mañanas, todas ellas le costaba mucho levantarse de la cómoda cama. Su pelo rubio se extendía por toda la almohada alborotado y enredado. Levantándose a regañadientes se dirigió a la cocina, como todas las mañanas solitaria, como el resto de la casa.

Hacia solo unos meses que vivía sola. Decidió un día que no quería seguir en la casa de sus padres ni tener que decir siempre a donde vas y con quien. Quería mucho a sus padres, pero ya quería ser independiente. Siempre había sido la mas solitaria de la casa. Sus hermanos eran cada uno de una manera, casi polos opuestos. Su hermana, ordenada, estudiosa y tímida. Su hermano, un extrovertido, descuidado y desordenado a más no poder. Dania se encontraba entre los dos, pero en realidad se diferenciaba mucho. Ella siempre había sido ordenada en su desorden, todo en su habitación tenía un orden increbrantable. Era la que más ahorraba y la que más cosas se buscaba por si misma, pero una torpe al fin y al cabo. Desde pequeña siempre andaba metida en todos los chanchullos con los niños mayores, siempre pretendía defender a los débiles. Corría y se caía perdiendo el equilibrio continuamente. Solía imaginarse que era arqueóloga y buscaba en el patio del colegio piedras que imaginaba eran huesos; soñaba con vivir en un castillo, correr aventuras. Y sobre todo le encantaban los seres fantásticos. Desde primaria empezó a leer a poetas románticos, imaginando paisajes, cosas y personajes irreales, como los vampiros. No sabia porque, pero desde siempre le habían atraído los vampiros, seres tan seductores que con la mirada te hipnotizaban, aquella forma tan elegante de vestir, aquella soltura de movimientos y sus colmillos afilados posando su aliento sobre el cuello de la victima. Comenzaba a leer libros y más libros, soñaba con cosas fantásticas, pero debía volver a la realidad, siempre lo hacia.

Así que cogiendo su tazón de leche lo metió en el microondas, mientras este se calentaba, como de costumbre, se ponía a revisar la mochila, no se le podía olvidar nada. Sonó el pitido que anunciaba que la leche estaba a punto para tomar. El calor inundó su cuerpo y lo llenó poco a poco de energía. Se dirigió a su habitación de nuevo, y vistiéndose, se peinó y cepillo los dientes. Estaba lista para ir a su segundo día de universidad. Se colgó la mochila a la espalda, bajando las escaleras hasta salir de su edificio. Era un barrio tranquilo de gente obrera, que estaba todo el día atareada y solo salían por la tarde a tomar el aire. Su edificio era de 5 pisos, y ella vivía en el cuarto.

Caminó hasta la parada del autobús, que tardo poco en llegar, pues ella se había preparado para aquel horario. El sonido monótono y rutinario del autobús sonaba en su alrededor. De pie, junto a una barra, intentaba no perder el equilibrio, a la vez que vigilaba su mochila y la parada. Llegando a su parada, bajo la primera. Se encaminó hacia la puerta de la Universidad. Le encantaba aquel lugar, lleno de gente que dibujaba, estudiaba, charlaba, etc…

Se dirigió a su clase. Se sentó en su sitio. Su mesa estaba un poco decorada con dibujos de alumnos anteriores y que ella tenia intención de borrar para hacer ella más. Pero no quería, si la gente lo había hecho, ella no era quien los borraría. Se haría sitio. Intentó prestar atención a la clase a la que la profesora le traía sin cuidado. No le importaba que hubiese alumnos o no, si prestaban atención o no, lo que no quería era que la molestaran.

Pero aquella mañana, Dania no conseguía concentrarse. Pensaba en aquel sueño. La tenia absorta. El desconocido la había besado, eso era algo que no ocurría todos los días, porque parecía muy real. Recordaba como sus ojos brillaban en la oscuridad y los aros de sus pupilas resplandecían.

Un escalofrío recorrió su cuerpo. Miró a su alrededor. La clase había acabado, y la gente se apresuraba a buscar en sus horarios las clases siguientes.

Suspirando se levantó y se encaminó a la siguiente clase.

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